El mito del gen viajero DRD4-7R: qué dice la ciencia y qué queremos creer ⟶
Hay una idea que aparece de vez en cuando cuando hablamos de viajes: algunas personas nacen con un gen que las empuja a descubrir mundo, buscar experiencias nuevas y no conformarse con quedarse quietas. Se le conoce como el gen viajero y tiene nombre propio: DRD4-7R.
La idea es tentadora, pero ya os lo adelanto: no me creo de la misa la mitad. Sí, sería una forma facilona de explicar por qué hay personas que sueñan con conocer otros países mientras otras prefieren quedarse en casa. Y, de paso, convertiría nuestra afición por viajar en algo que llevamos escrito en el ADN. Casi como si hubiera una explicación biológica para esa necesidad de mirar un mapa y empezar a imaginar el siguiente destino. Queda un poco megalómano y ególatra, ¿no?
En fin… ¿qué hay de cierto en todo esto? ¿Existe realmente un gen viajero o nos gusta tanto la idea porque nos permite dar una explicación sencilla a algo bastante más complejo?
Y, ya que estamos, ¿por qué nos importa tanto sentir que somos viajeros? ¿En qué momento conocer mundo se ha convertido también en una forma de definir quiénes somos?
Ay, los privilegios… Vamos a darle una vueltecita a todo esto.
El mito y la ciencia: ¿tenemos un gen viajero?
Empecemos por lo básico. Yo de biología voy justita, pero he estado investigando un poco. El DRD4 es un gen que contiene las instrucciones para fabricar el receptor D4 de la dopamina, una sustancia que participa en distintos procesos cerebrales. Una de sus variantes, conocida como 7R, presenta siete repeticiones de una determinada secuencia genética.
Durante los años noventa, algunos estudios investigaron si determinadas variantes de este gen podían estar relacionadas con rasgos de personalidad como la búsqueda de novedades, la exploración o la tendencia a asumir riesgos. En 1999, una investigación publicada en Evolution and Human Behavior encontró una asociación entre la distribución de variantes de DRD4 en distintas poblaciones y sus patrones históricos de migración.
Y aquí es donde la historia empieza a ponerse interesante.
Una cosa es investigar si una variante genética puede relacionarse con determinados rasgos o con patrones de migración humana y otra muy distinta afirmar que existe un gen que nos hace querer viajar por el mundo.
De hecho, los metaanálisis publicados en 2002 no encontraron una asociación consistente entre la variante 7R y la búsqueda de novedades. Las investigaciones posteriores tampoco han establecido de forma sólida esa relación. Y no os pongo más enlaces a estudios porque para eso ya tenéis Google.
Esto no significa que la genética no influya en nuestra personalidad ni que las diferencias individuales carezcan de una base biológica. Significa que no tenemos pruebas suficientes para afirmar que llevar esta variante nos convierte en personas viajeras, aventureras o especialmente necesitadas de conocer lugares nuevos.
Es decir, el gen existe. Lo que no está demostrado es que sea el responsable de nuestras ganas de hacer la maleta.
Y, sin embargo, la idea ha tenido recorrido y es carne de reels en redes sociales. En realidad es fácil entender por qué: nos ofrece una explicación sencilla, casi romántica, para una afición que puede llegar a ocupar una parte importante de nuestra identidad. No viajamos porque hemos aprendido a disfrutar de ello, porque tenemos curiosidad o porque nuestras circunstancias nos lo permiten; viajamos porque, sencillamente, estamos hechos así. Ole.
Qué bien suena eso de llevar el espíritu viajero escrito en el ADN. Mucho mejor, desde luego, que tener que explicar todas las circunstancias que nos han traído hasta aquí, ¿no?
Porque los comportamientos humanos son bastante más complejos que una secuencia genética. Por lo tanto, la pregunta interesante no es si tenemos un gen viajero, sino por qué necesitamos creer que lo tenemos.
¿Nacemos viajeros o aprendemos a serlo?
Seguro que conoces a alguien que lleva toda la vida queriendo viajar, a alguien que descubrió esa afición casi por casualidad y a otra persona que, pudiendo recorrer medio mundo, no siente ninguna necesidad de hacerlo.
¿De verdad necesitamos una explicación genética para cada una de estas situaciones?
Nuestra personalidad no se construye en el vacío. La biología puede influir en determinados rasgos, pero también importan las experiencias, la educación, el entorno y las relaciones que establecemos a lo largo de la vida. No nacemos con todas nuestras preferencias perfectamente definidas, esperando a que un día las descubramos. Pensemos, por ejemplo, en cómo nos crían y nos educan.
Crecer en una familia que fomenta la curiosidad, que habla de otros lugares y que presenta lo desconocido como una oportunidad puede influir en nuestra manera de entender el mundo. También puede hacerlo tener acceso desde pequeños a libros, mapas, historias o personas con experiencias diferentes a las nuestras.
Por supuesto, no es una fórmula matemática. Hay quien crece viajando y termina prefiriendo quedarse en casa, y quien apenas sale de su entorno durante la infancia y desarrolla después unas ganas enormes de conocer mundo. Precisamente por eso, reducirlo todo a una única explicación resulta tan poco convincente.
También importa dónde crecemos (en un pueblo aislado o una ciudad enorme e hiperconectada, en una casa en el campo o en un bloque de 12 pisos…), qué posibilidades tenemos a nuestro alrededor y con quién nos relacionamos. A veces, basta con conocer a alguien que viaja de una manera diferente para descubrir que existen opciones que nunca nos habíamos planteado. Otras veces, es una experiencia concreta la que despierta una curiosidad que no sabíamos que teníamos.
Y nuestras preferencias pueden cambiar (menos mal). Podemos pasar años soñando con grandes viajes y descubrir después que disfrutamos mucho más conociendo una región a fondo. Podemos empezar a viajar por curiosidad, continuar haciéndolo por placer y, con el tiempo, necesitar otras cosas.
Nada de esto invalida que haya personas más curiosas, más abiertas a la novedad o más cómodas ante la incertidumbre que otras. Lo que cuestiona es que esas diferencias tengan que traducirse necesariamente en una pasión por viajar o que exista una única explicación para ella.
Quizá no nacemos viajeros en el sentido en que nos gusta contarlo. Quizá vamos construyendo nuestra relación con el mundo a partir de lo que somos, de lo que vivimos y de las oportunidades que encontramos por el camino.
Y aquí conviene recordar algo: que una persona no viaje no significa que carezca de curiosidad. A lo mejor encuentra el mundo que necesita en los libros, en las conversaciones, en su barrio o en las personas que pasan por su vida. No todo el mundo necesita recorrer miles de kilómetros para hacerse preguntas sobre lo que tiene alrededor.
El privilegio de poder viajar
Aaamigo, y aquí entramos en el terreno pantanoso donde me gusta embarrarme: no todo el mundo tiene las mismas posibilidades de viajar.
Parece una obviedad, pero conviene recordarla cuando atribuimos a nuestra personalidad algo que también depende de nuestras circunstancias.
Imaginemos a dos personas con las mismas ganas de conocer mundo. Una tiene estabilidad económica, vacaciones pagadas y una red familiar que le permite organizarse. La otra necesita tener dos trabajos para llegar a fin de mes, cuida de familiares o asume responsabilidades que hacen muy difícil ausentarse durante varios días.
Las dos pueden sentir la misma curiosidad. Solo que una tiene más posibilidades de convertirla en un viaje.
Como ves, no hablo únicamente de dinero. También importan el tiempo disponible, la salud, la accesibilidad, las responsabilidades de cuidado, la seguridad y la documentación necesaria para cruzar fronteras. Ni todos los pasaportes ofrecen las mismas facilidades ni todas las personas pueden desplazarse con la misma libertad. Un día hablaremos del valor de los pasaportes, es un temazo.
Incluso la educación y el entorno familiar pueden influir en cómo percibimos esa posibilidad. Para algunas personas, viajar ha formado parte de su vida desde pequeñas y siempre ha sido una opción imaginable. Para otras, salir al extranjero puede parecer algo lejano, complicado o sencillamente inalcanzable.
Por eso, cuando vemos a alguien que viaja constantemente, no podemos saber qué hay detrás de esa posibilidad. Ni cuando vemos a alguien que nunca sale de su ciudad podemos concluir que le falta curiosidad, iniciativa o espíritu aventurero.
Por otro lado, a veces confundimos la capacidad de asumir riesgos con la valentía, sin tener en cuenta que no todo el mundo puede permitirse las mismas consecuencias si algo sale mal. Marcharse durante meses, dejar un trabajo o gastar los ahorros en una experiencia puede significar cosas muy diferentes dependiendo de la estabilidad y del apoyo con los que contemos.
Y quizá aquí deberíamos tener cuidado con una idea bastante extendida: la de que quien realmente quiere viajar siempre encuentra la manera de hacerlo.
¡Ja!
¿Siempre? ¿En cualquier circunstancia? ¿Con independencia de la salud, el dinero, los cuidados o las fronteras?
Las ganas importan, claro que sí. Pero no hacen desaparecer los obstáculos. Presentar el viaje como una cuestión de actitud puede resultar inspirador, aunque también puede convertir una desigualdad de oportunidades en un supuesto fallo individual.
No todo el mundo necesita demostrar que desea algo lo suficiente. A veces, sencillamente, no puede permitírselo.
La rifa de los países: cuando viajar se convierte en una competición
Siguiente tema controvertido: ¿en qué momento hemos empezado a medir nuestra experiencia viajera por el número de países que hemos visitado? Como si cada destino fuera un boleto de una rifa y, cuantos más acumulásemos, más cerca estuviéramos de ganar algo.
Las redes sociales no han inventado esta competición, pero ayudan a alimentarla: más destinos, más banderas en las bolitas de los destacados de Instagram, más experiencias que contar. Y parece que haber estado en muchos lugares nos convierte automáticamente en personas con más mundo. ¿Seguro?
Podemos visitar cincuenta países y seguir mirando todo desde nuestros propios prejuicios. Podemos pasar una semana en uno solo y volver con más preguntas de las que llevábamos. La cantidad no nos dice qué hemos aprendido, qué hemos entendido ni cómo ha cambiado nuestra manera de mirar.
Y ojo, que no estoy diciendo que viajar despacio sea mejor, que haya que visitar pocos destinos o que llevar la cuenta de los países esté mal. Cada cual disfruta de los viajes a su manera. El problema aparece cuando convertimos nuestras preferencias en una medida de cuánto sabemos, cuánto hemos vivido o lo interesantes que somos.
Además, ¿qué pasa cuando nuestras propias convicciones condicionan los destinos que elegimos? Hay países a los que yo no iría por motivos políticos, mientras que otros sí entran en mis planes. ¿Es una contradicción? Puede ser. Pero también puede ser una decisión consciente, aunque no siempre resulte fácil defenderla sin matices.
Porque viajar no ocurre al margen del mundo real. Los destinos no son escenarios neutros y nuestras decisiones tampoco lo son necesariamente. La cuestión es si nos hemos parado a pensar por qué vamos a unos lugares, por qué descartamos otros y hasta qué punto somos coherentes con nuestros propios principios.
Al final, una lista de países puede decirnos por dónde hemos pasado, pero no explica qué relación tenemos con el mundo. Y quizá eso sea bastante más interesante que seguir sumando banderas.
Viajar con criterio: no hay una única manera de hacerlo
Llegados a este punto, quiero dejar algo bien claro: no se trata de decidir quién viaja bien y quién mal, ni de cambiar la competición por países por otra para ver quién es más consciente, responsable o auténtico. Cada cual viaja como puede, como quiere y como le apetece. Yo estoy llena de contradicciones, pero el primer paso es reconocerlo.
Sin embargo, si algo tenemos muy presente Domi y yo, es que viajar con criterio significa ser conscientes de las decisiones que tomamos y de sus consecuencias. Preguntarnos por qué elegimos unos destinos y descartamos otros, qué sabemos de los lugares que visitamos y cómo nos relacionamos con quienes viven en ellos. Sin necesidad de hacerlo todo perfecto, pero sin dejar de hacernos preguntas incómodas cuando toca.
No necesitamos un gen que justifique nuestras ganas de viajar, ni acumular países para demostrar que tenemos mundo. Tampoco haber viajado mucho nos convierte automáticamente en personas más abiertas, más cultas o más interesantes (aunque ayuda, tampoco es cosa de negar lo evidente).
Quizá no exista una única manera de ser viajero. Lo que sí podemos elegir es qué hacemos con las oportunidades que tenemos, qué aprendemos por el camino y si estamos dispuestos a cuestionar nuestra propia forma de mirar.