Las cosas que siempre llevamos de viaje y que marcan la diferencia ⟶

Soy viajera desde que nací. Mis padres han viajado siempre por la península y el sur de Francia, así que desde muy pequeña ya había recorrido gran parte de España, Portugal y lugares como Collioure, Prades o Lourdes.

Por eso, cuando con 12 años —sí, 12, es una larga historia— me fui de fin de curso a Mallorca en un avión enoooorme de Iberia, tampoco fue una gran proeza. Lo digo porque hay gente que tiene su primer viaje en avión algo mitificado, o lo recuerda como ese punto de inflexión que les hizo clic en la cabeza… pues no fue mi caso. 😂​

Desde esa primera vez me he subido en aviones de todos los tamaños, desde a uno de hélices en Egipto, hasta en avionetas en las vomitas como mires por otra ventanilla que no sea la de tu lado (¿habéis sobrevolado las líneas de Nazca?). He hecho vuelos largos y cortos, sentada en incómodos asientos de turista donde a duras penas te caben las piernas y tumbada en asientos cama en business y tapada con un nórdico de plumas de pato. Y, ¿sabes qué?

Que la experiencia es un grado. Y que algo que al principio me resultaba imprescindible para hacer un viaje, con el tiempo ha dejado de serlo por completo, mientras que otras pequeñas cosas han pasado justo al revés: de parecer prescindibles a volverse totalmente necesarias.

¿Quieres que te cuente un poco de las dos? Pues sigue leyendo.

Cómo hemos aprendido a viajar con el tiempo

Con el tiempo nos hemos dado cuenta que viajar no es solo moverse de un sitio a otro, sino también aprender a escucharte un poco más en el camino, modificando hábitos y adaptándolos a tu contexto. Y es que las prioridades cambian en función del momento trascendental en el que te encuentres y, si eres un viajero como nosotros, volar forma parte de tu trama vital como cualquier otra cosa de tu día a día.

La primera es fácil y se aprende pronto: algo tan básico como llevar siempre una sudadera en el equipaje de cabina y un pañuelo para el cuello, incluso en pleno verano, porque en el avión hace frío… aunque no te fíes, porque también hace calor, ya que los cambios de temperatura son constantes. Volar es una pura dicotomía sobre las nubes. Y eso se aprende cuando empiezas a acumular horas de vuelo y trayectos.

O ponerte calcetines de compresión sin miedo y sin vergüenza. ¡Qué felicidad! Al principio puede parecer algo innecesario o incluso exagerado. Pero cuando los pruebas en un vuelo largo y descubres que el dolor de piernas y la sensación de pesadez no tienen nada que ver con la edad, sino con las horas que pasas sentada sin moverte, te olvidas de lo que pone en el DNI y te los subes hasta por encima de los tejanos. Sí, ya te he dicho que había que perder la vergüenza. Y más, cuando son tan bonitos y divertidos como los míos.

Y luego están esas pequeñas rutinas que con el tiempo hemos ido incorporando casi sin darnos cuenta, como llevar siempre una tote bag vacía dentro de la mochila de equipaje de mano, que sacamos en cuanto nos sentamos en el avión y en la que organizamos todo lo que queremos tener a mano durante el vuelo. Dentro metemos el cable USB, pañuelos, agua termal o bruma facial, las gafas, las lentillas con su líquido humectante (soy una señora muy miope), una botella de agua, una pequeña bolsa con tapones, cepillo y pasta de dientes y una batería externa. De esta manera, todo lo importante queda concentrado y accesible sin tener que rebuscar en la mochila del compartimento superior cada vez que necesitas algo.

Pues la tote bag con todos los trastos la colgamos en el pequeño gancho del asiento de delante (sabes que ese ganchito sirve para eso, ¿verdad?) o la dejamos debajo del asiento de delante y, junto con el libro que hayamos traído o las revistas que compramos en el aeropuerto, se convierte casi en nuestra pequeña “estación de vuelo”, una parada más del viaje que forma parte de nuestra forma de organizarnos. Sí, soy un poco (corrección: muy, mucho, extremadamente) organizada.

Más cosas aprendidas: antes he hablado de una botella de agua… Obviamente, una botella reutilizable que llegó vacía al aeropuerto para pasar el control de seguridad y que después fue rellenada en alguna fuente del aeropuerto. Cuando la economía aprieta es algo que haces por ahorrar (ya que todos sabemos que los aeropuertos son esos lugares sin ley ni orden en cuestión de precios exageradamente altos) pero con el tiempo se convierte en una costumbre automática que encaja perfectamente en esa forma de viajar más consciente y práctica que vas adoptando sin darte cuenta.

Y esa misma lógica la aplico también a cómo organizo mi mochila de mano, colocándolo todo de tal manera que en la parte superior siempre quede hueco suficiente para mi cámara réflex con el objetivo 18-200 envueltos en una toalla de microfibra (no lo llames cutrez, llámalo versatilidad) y las baterías, porque sabemos que en los controles de seguridad de España aún hacen sacar la electrónica. Y, ya que es un fastidio, al menos que no me desmonte la estructura bolsil. Al final, este tipo de detalles que parecen pequeños, son los que hacen que todo fluya mucho mejor cuando estás en tránsito.

Las pequeñas cosas que siempre acaban en nuestro equipaje

Después de todo ese aprendizaje que vas acumulando casi sin darte cuenta, hay algo que termina ocurriendo de forma bastante natural: empiezas a identificar esas pequeñas cosas que, independientemente del destino o del tipo de viaje, siempre acaban en tu equipaje.

No porque sean imprescindibles en el sentido estricto de la palabra, sino porque sabes que el día que las necesitaste y no las tenías, tuviste que improvisar. Y para qué volverse loca haciendo inventos, cuando existen alternativas tan sencillas como las que te voy a contar.

Una de ellas es un pequeño cubierto multiusos con abridor. Al principio no parecía gran cosa, un “por si acaso” más que mucha gente nos ha cuestionado… hasta que lo ha necesitado y nos lo ha pedido prestado. (Aaaaamigo, ahora sí, ¿eh?) Porque, además, pesa y no se puede llevar en el equipaje de mano, sino que hay que facturarlo. La cuestión es que nos gusta mucho probar vino local allí donde vamos, y no siempre encaja hacer visitas a bodegas o experiencias organizadas. Así que muchas veces compramos una botella para disfrutarla con calma en el alojamiento. O a veces no apetece salir a cenar y haces una compra en el supermercado para hacer unos bocadillos, unos yogures… Y tener una cuchara es mucho más cómodo que comer con la tapa del envase 😜

También están esas cosas que te dan autonomía sin hacer ruido, como la cuerda para tender (y sus pinzas) y el pequeño bote reutilizable con detergente para la ropa. Poder lavar una prenda puntual y dejarla secando por la noche te permite no cargar con ropa de más “por si acaso”, pero también sirve para darle un fregado a ropa de secado rápido cuando estás en climas húmedos y, o lavas la ropa o te mueres de la peste. Durante mucho tiempo llevamos cuerda y pinzas sueltas, hasta que encontramos una versión que ya las integra y tiene unos ganchos en los extremos para mayor comodidad, pero la lógica sigue siendo la misma: adaptarte sin depender de nadie más.

En esa misma línea de pequeñas cosas invisibles que te hacen sentir más a gusto está el cierre de seguridad para la puerta. No lo llevamos porque hayamos tenido malas experiencias, pero yo me siento mucho más tranquila atrancando la puerta de los alojamientos, ya que siento que «no controlo». Lo hago con las maletas, una silla… y ahora con el cierre este de la puerta. Probablemente esto sea fruto de un trauma, pero nunca lo sabremos.

Todas estas cosas tienen algo en común: no ocupan demasiado, no llaman la atención, pero siempre acaban viajando con nosotros porque, de una forma u otra, encajan con nuestra manera de movernos por el mundo.

Detalles que hacen el trayecto mucho más cómodo

Y, ahora hablemos del trayecto. Porque sí, el camino ya es el viaje, y estar 10 horas en un tren o 14 en un avión pueden vivirse una manera muy diferente si tienes las herramientas adecuadas.

Por ejemplo, los tapones para los oídos y el antifaz, que siempre van en el equipaje de mano. Nunca sabes qué tipo de vuelo te va a tocar: hay veces que todo está en calma y otras, pues no tanto. Cuando necesitas aislarte un poco, descansar o simplemente desconectar del entorno, este pequeño kit te permite crear tu propio espacio dentro del avión. En el mismo orden de cosas, nos gusta llevar un pequeño bote de agua termal o bruma facial, ya que el aire del avión reseca mucho la piel y las mucosas, y así llegamos con un poco de mejor cara (toda la buena cara que se puede tener tras llevar 18 horas volando con una escala en el medio, ya tú sabes).

También llevamos siempre auriculares con cable, porque todavía hay compañías que cobran por los suyos y, además del precio, la calidad suele ser bastante mala. Aunque hoy en día casi todos vamos con inalámbricos, recuperar tus viejos auriculares de cable es una forma sencilla de ahorrarte dinero y, de paso, escuchar mucho mejor.

Y, siguiendo un poco con lo mismo, un año regalé a Domi por su cumpleaños un elemento tecnológico que nos hace la vida un poco más cómoda: un adaptador bluetooth para poder usar nuestros propios auriculares inalámbricos con el sistema del avión. No es para nada un imprescindible, pero en vuelos largos agradecemos poder seguir usando nuestros propios auriculares inalámbricos, que ya están adaptados a nuestras orejas.

bluetooth en el avión

A eso se suma la pijada del día, y es un pequeño soporte para colgar el móvil en la bandeja del asiento. Junto con los podcasts o capítulos de ficción sonora que descargamos antes de viajar, consigue que el vuelo deje de ser un simple desplazamiento y se convierta en un momento más del viaje, al poder seguir viendo series en pareja. No es solo pasar el rato: es otra manera de habitar el trayecto.

Cosas que hemos dejado de llevar (y por qué)

Y lo que un día fue amor, al día siguiente puede convertirse en hastío (odio no, que es demasiado feo). Un ejemplo muy claro es la almohada de viaje. Durante una época la llevábamos siempre, convencidos de que nos ayudaría a descansar mejor en vuelos largos.

Tuvimos de las que se hinchaban, de las que era una pieza y no se enroscaban y tenías que llevar bajo el brazo, de las más grandes que sí se podían convertir en una especie de bolsita y llevarla colgada… Pero no. Tras llevarla Chile arriba y Chile abajo, llegamos a la conclusión que el perjuicio era mucho mayor que el beneficio y ha quedado en el destierro del suelo del armario.

Ocupa espacio, es incómoda de transportar y rara vez conseguimos usarla realmente bien. Y cuando haces viajes en los que te mueves mucho y cambias de alojamiento constantemente, es un incordio.

Domi y Montse camino a Santiago de Chile con asientos XL en un vuelo de Level y almohadas de viaje
Camino a Santiago de Chile, 14 horas con asientos XL, nos pedimos unas cervecitas Alhambra con la comida… y la firme creencia de que esta vez sí usaríamos bien almohadas de viaje. Spoiler: no pasó y acabaron siendo un estorbo.

Al final, hacer la maleta también es aprender a renunciar. Y aceptar que tu forma de viajar cambia contigo, con tus prioridades y con el momento vital en el que te encuentras.

Ya no se trata de llevarlo todo “por si acaso”, sino de llevar solo aquello que sabes que te va a acompañar bien. Lo que no estorba, lo que suma y lo que hace que, estés donde estés, te sientas un poco más cómoda dentro del viaje.

Porque viajar, al final, no va solo de moverse. Va de aprender a hacerlo mejor cada vez.

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