Ilustración de una chica de pie sonriendo frente a un espejo con un corazón en el centro y un gato negro sentado a sus pies

Confundimos visibilidad con autoridad ⟶

​ 📅 2 de marzo de 2026

Voy a pegarme un tiro en el pie. Conscientemente, además, que es la forma más elegante de hacer el ridículo con intención. En esta reflexión viajera voy a hablar de egos. Y no sé muy bien a dónde me va a llevar, porque ahora mismo mi cerebro es un cóctel extraño entre psicología clásica y pensamientos tan surrealistas como cuánto me relaja y reconforta la textura de las palomitas de mantequilla recubiertas de chocolate al morderlas. ¿Las habéis probado? No seré yo quien defienda los ultraprocesados, pero a nadie le amarga un subidón de dopamina de vez en cuando. Y no estar conmigo no es estar contra mí, no os preocupéis, que cada uno tiene sus traumitas.

En fin, voy al tema. Una supermegaviajeranómadadigital con más de setecientos mil seguidores me ha tratado directamente con el culo. Sí, sí, con el culo. Y me he sentido una imbécil. Porque yo esperaba algo tan loco como que se leyera mi consulta de 2 frases (una con una interrogación de apertura y otra de cierre, lo suficiente para indicar pregunta) y respondiera con un poco de empatía, sabiendo el contexto. Sin embargo, primero me ha dicho que no entendía mi duda y, luego, me ha escrito bastante bruscamente indicando que si lo que quería era saber cuántos días se necesitan para tal, que fuera al grano. Así, sin anestesia.

Hay miles de cuentas en Internet que dan información, itinerarios, rutas, consejos, y he leído bastante del destino. Me he comprado la Lonely Planet, que he llenado de post-it’s y notitas varias. Pero creía que una persona con experiencia en ese lugar podría ponerse en mis zapatos y ofrecer alternativas, alguna idea guay… Meeeeeeeh. Craso error.

Superado el estupor inicial, me he indignado. Qué sorpresa: una cerilla como yo ardiendo por una chispa. Pero, os lo creáis o no, he contado hasta diez y me he tragado el orgullo y las ganas de decirle varias cosas. Ojo, que he sido capaz de darle las gracias y todo, ¿eh? Luego la he dejado de seguir y la he bloqueado, obviamente. Porque, como he dicho antes, hay miles de cuentas y ella no va a notar mi ausencia, pero yo tampoco la suya. Sin embargo, alguien con otra manera de ser, con una mochila más pequeña en variedad de experiencias vitales, quizás podría haber actuado diferente ante esta pequeña decepción: le podría haber puesto realmente triste. Y ahí es cuando apareció ese runrún incómodo que me empujó a escribir como si el móvil fuera un confesionario urgente.

¿En qué momento decidimos que el número de seguidores equivale a autoridad, experiencia o sabiduría divina?

No es solo una pregunta retórica y sarcástica: es la esencia del problema. Hemos creado un ecosistema donde lo que luce más visible se confunde con lo que merece confianza, y lo que brilla en la pantalla se percibe como más verdadero, aunque sea puro cartón piedra.

Y luego está ese rollo aspiracional que me tiene agotada: fotos perfectas, vidas perfectas… y una realidad muy lejana a la que vivimos la mayoría de ciudadanos de a pie. Sabéis que esto tiene un nombre, ¿verdad? Se llama positivismo tóxico, y existen estudios que analizan el impacto mental de ver en redes sociales experiencias de viaje ideales, lujosas o “instagrameables”, relacionando este hecho con mayores niveles de ansiedad, soledad y depresión, especialmente cuando el usuario compara su propia vida con la vida estupenda mostrada por otros.

¿A dónde me lleva todo esto? Pues a lo del tiro en el pie.

Porque sí, lo admito: soy una hater marketer. Si aquí todos se inventan términos en inglés para parecer más cool, yo no voy a ser menos. Odio las estrategias virales, las recetas para que algo “explote” en redes, los hooks, los formatos de Instagram que cambian cada 3 meses, el algoritmo y las fórmulas mágicas que venden algunas cuentas para ganar visibilidad sin aportar ni medio gramo de valor. Y sí, lo digo alto y claro: prefiero ser honesta y directa, aunque eso me deje fuera del juego en muchas campañas por no tener seguidores suficientes o por ser muy crítica con el negocio.

Y hoy me he plantado aquí, en mi artículo mensual, recordando que viajar siempre debería ser otra cosa. Que viajar no debería inflar el ego, sino abrir la mirada. Que las experiencias no deberían convertirse en moneda de cambio, sino en historias que nos humanizan. Que la generosidad no tiene seguidores ni algoritmos.

Me dedico profesionalmente al marketing, pero me quedo con lo humano. Con la curiosidad sincera, con aprender y enseñar sin postureo ni necesidad de demostrar nada. Y si defender esto me acaba dejando un pie destrozadito, al menos sé que no he confundido visibilidad con autoridad, ni seguidores con valor, y lo hice sabiendo exactamente por qué.

Otros artículos que te pueden interesar